jueves, 10 de mayo de 2012

Silvina y Borges - Taller de lectura y discusión de textos

Contemporáneos y amigos en la vida cotidiana, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo son dos de los autores más importantes de la literatura argentina del Siglo XX. Borges, creador de ficciones definitivas y estructurales en nuestra lengua, Ocampo cultora de trampas y deformidades literarias que abrieron grietas en formas fijas.

La propuesta del taller es introducirnos en la lectura de algunos cuentos de ambos autores buscando cruces entre uno y otro, y arriesgando hipótesis y reflexiones.

Literatura “mayor” y “menor”, perfecciones e imperfecciones, apertura a nuevas formas literarias, razón e intuición. Consolidación y traición de modelos. Juegos y caprichos.

Algunos cuentos que leeremos en el taller son:

De Jorge Luis Borges: Funes el memorioso, La Biblioteca de Babel, El jardín de los senderos que se bifurcan, Las ruinas Circulares.

De Silvina Ocampo: Del color de los vidrios, Los sueños de Leopoldina, La casa de azúcar, Autobiografía de Irene.



Duración total: 8 reuniones
Horario: Lunes de 19 a 21hs.
Librería Fedro: Carlos Calvo 578
Inicio del Taller: Lunes 1414 de mayo
Precio: 2 pagos de $200

jueves, 1 de marzo de 2012

Entrevista en EL LITORAL de Santa Fe

Santa Fe Martes 28 de febrero de 2012

Entrevista a Mariana Docampo
En un tiempo de cambios, confuso y desarraigado.

Mariana Docampo (Buenos Aires, 1973) es autora de “Al borde del tapiz” (Simurg, 2001), “El molino” (Bajo la luna, 2007) y del recientemente publicado libro de cuentos “La fe” (Bajo la luna, 2011).

De la Redacción de El Litoral
—El Molino, tu libro anterior, es una novela de una lírica quizás signada por el paisaje algo bucólico y la memoria de la infancia. Esa poética cambia radicalmente en La fe, volumen compuesto por relatos duros, con personajes insatisfechos y dramáticos poblando un espacio de silencio y “corazones enfriados”. ¿Cómo se dio este cambio?
—Pienso que La fe está íntimamente ligada a El molino, casi te diría que, en uno de sus niveles, es una continuación. Me refiero puntualmente a las experimentaciones con el narrador que trabajo en ambos libros. En ese sentido, la narradora (adulta) de El Molino, claramente identificable, y que incluso se narra a sí misma desde afuera en el momento de la escritura, vaciada de toda interioridad, podría ser un narrador más de La fe, tan dramático o insatisfecho como ellos, y poblando los mismos espacios de silencio, si dejara por un instante de contar la historia que cuenta y desplazara su atención a su entorno inmediato. En la tensión, o incluso distancia irreparable, entre ese presente desolado de la narradora y el espacio idealizado de la infancia que ella misma crea, reside para mí el tono melancólico y lírico de la novela, que difiere del tono dramático de La fe.
Creo yo que la diferencia formal (o estética) entre ambos libros es una consecuencia de haber extremado la experiencia subjetiva de los narradores. Busqué ubicar, esta vez, los personajes en su relación directa con la época que les tocó vivir y en donde ya se han quebrado todos los pilares del pasado.
En La fe, los personajes han sido expulsados hace tiempo del territorio infantil (ya perdido para siempre), y se abren a la angustia existencial de la época actual, cuyas coordenadas son completamente otras, y las narraciones que le dan cuerpo distintas, nuevas, y por lo tanto en gran medida aterradoras. No hay un dios reconocible, no hay padre ni ley única y coherente, las identidades son mutantes, las estructuras políticas están en crisis, la institución familiar trastocada, el orden de la naturaleza subvertido, el acceso al conocimiento transformado, y por sobre todas las cosas, hay una crisis de cierta forma de concebir el relato, y por lo tanto, lo real. Por eso, quise lograr que varios de los cuentos de La fe funcionaran casi como maquinarias lingüísticas escindidas del referente; pienso, por ejemplo, en el cuento “La pileta”.
—Las plantas, los animales, los objetos, los astros, tienen una presencia particular en el libro; formas y presencias de un cosmos desintegrado en la conciencia portante de los relatos. Una desintegración que de alguna manera se corresponde con el miedo a la muerte, y también con una época y una cultura sacudida por un tembladeral. ¿Cómo nacieron los personajes que pueblan ese universo y La fe?
—Creo que estamos atravesando una época de tránsito hacia un nuevo ordenamiento. Es una época en la que nuevas formas de circulación de la información y modos del pensamiento irrumpen al mismo tiempo que se desarrollan nuevas maneras de tráfico y organización social. Pienso que si bien el cambio se desarrolla velozmente, todavía no terminó de instalarse.
Por otro lado, estamos en un tiempo signado por discursos políticos, mediáticos y técnicos en constante pugna y cuyas contradicciones ponen en evidencia la imposibilidad de pensar “lo real” como una entidad objetiva, separada del discurso mismo. Hay una transformación de raíz en muchos planos. Y por eso me parece que abismarse en las maneras de pensar o decir, incluso de contar, puede ser un ejercicio válido para no quedar atrapados en el entramado.
En este sentido, los personajes principales de La fe, son para mí los narradores. En su decir estriba su importancia y singularidad, y también de su decir depende el devenir argumental de cada relato. Por momentos, este decir los excede y el discurso es interceptado por voces ajenas, o incluso voces-máquina. Busqué que cada personaje relatara desde una extrema subjetividad, desde su propio borde, y al mismo tiempo, en algunos casos, que se presentara a sí mismo como un narrador objetivo, incluso “omnisciente”. Llamo “personajes” a los narradores de “La Raíz”, “El arte o la Cultura”, “La soledad” o “La Pileta”, incluso si éstos se presentan como un puro discurso, sin otro cuerpo identificable que el textual. Busqué extremar mi experiencia psíquica en el momento de la escritura para poder acceder a zonas que, de haberme mantenido en un modo de narrar tradicional, no hubiera podido explorar. Quise que tanto la razón como la emoción dejaran de ser motores de organización de los relatos. Me interesaba, en cambio, que éstos fueran desarrollándose por la propia lógica discursiva. Aunque en “La Pampa”, por ejemplo, no me interesó trabajar estos asuntos sino el tema de la identidad, tampoco en “El amor”, donde, simplemente, di vueltas alrededor de la emoción amorosa, rondándola, casi como un intento de no perderla. En este punto, este relato, es más cercano a El
—Hay en estos cuentos (el título del libro y del cuento homónimo ya lo señalan) una apelación si no a lo religioso, al menos a lo espiritual. Sin embargo se trata de una espiritualidad en la peor crisis, que puede resbalar hacia la tontería y la frivolidad tanto como hacia la locura. Como el personaje del último breve cuento del volumen, un bañista que se echa al sol y muere, son personajes que buscan la luz y se suman en ella, o se queman en el hielo de su ausencia. ¿Cómo te toca este tema que suele ser relegado a la indiferencia o sepultado como tema tabú?
—Lo “religioso” es un tema muy importante en mi vida. Me crié en una familia católica, con sistemas de creencias muy rígidos pero al mismo tiempo, con grandes contradicciones que han sido, justamente, las que me llevaron a querer reflexionar, a interesarme por las fisuras de los discursos, sus grietas. Por supuesto, para alguien que se educó en la creencia de un Dios todopoderoso, omnisciente y eterno, y una vida post mortem identificable y con lugar y tiempo estipulados de antemano, la perspectiva de la caída de lo “uno” en el plano político, religioso, filosófico, familiar y social es algo muy doloroso, y por momentos, puede presentarse como un riesgo psíquico.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Reseña de "La Fe" en RADAR de Página 12


libros

Domingo, 22 de enero de 2012

Doy fe

Nueve relatos que, amalgamando temas de la fe, la cultura y el arte, plantean la literatura como una verdadera forma de conocimiento.

Por Sebastian Basualdo

“El mundo, mirado a vuelo de pájaro, es eso: un gran escenario donde convergen cantidad de cuerpos, se entremezclan. Además de cuerpos hay temperamentos, hay psiquismo, pulsiones sexuales y la llamada ‘espiritualidad’. Por supuesto, todo esto es mucho más complejo de lo que se supone. Funciona todo junto y a la vez.” Desentrañar esta complejidad a través de una mirada poética sobre el mundo es lo que hace Mariana Docampo en La fe, relatos que bien podrían pensarse construidos a partir de las ruinas que convergen en la posmodernidad: la caída de los grandes paradigmas culturales que le daban respuestas al hombre (la religión, la filosofía, la ciencia, ¿la tecnología?) hasta ubicarlo solo en el centro mismo de la escena con sus preguntas incólumes, aún sin resolver. “¿Cuál es el sentido de la existencia? Mi trabajo consiste en la selección y primera clasificación de los elementos relevantes. El estado emocional nace de la acomodación interna, e impulsos exteriores como el amor y la fe”, dice la narradora del relato que da título al libro cuando, a partir de unas visitas al zoológico de Buenos Aires, observa el comportamiento de ciertos animales e inicia lo que al principio podría denominarse un viaje espiritual, místico, una caída libre a la inmensidad del ser a través de todas las formas posibles del esoterismo, desde la carta astral y maya, pasando por un viaje al cerro Uritorco, un templo budista y el encuentro con un maestro zen, las terapias alternativas de origen norteamericano, las lecturas del Libro Naranja de Osho y la versión alemana de Richard Wilhelm del I Ching, entre otras búsquedas, todo a un ritmo frenético y agudo que, por acumulación, se convierte en una especie de grito agónico: la necesidad imperiosa que tiene el hombre de creer en algo. Y es notable lo que logra Mariana Docampo cuando la revelación busca la respuesta, el interrogante se expande como una teoría cósmica: “Nuevas preguntas se presentaron ante mí: ¿cuáles son las causas verdaderas de las injusticias sociales? ¿Qué responsabilidad social tengo yo respecto de ellas? Yo iba apuntando las preguntas en mi cuaderno. Acaso lo apuntado pueda servir para futuras conciencias que tras mi muerte busquen un punto de partida para nuevas investigaciones”.

Es condición de la poesía exceder los límites del lenguaje; y los relatos que integran La fe están planteados desde esa perspectiva, no sólo por el sutil tratamiento de la prosa, su ritmo interno, sino también por esa gran capacidad que tiene la autora de El molino para generar climas acuciantes e intensos, ya sea abordando el tema de la soledad, o el amor cuando impone su propio lenguaje. Por lo tanto, si la poesía rebasa esos límites resulta natural que los relatos excedan muchas veces los límites del género hasta emparentarse con el ensayo, así ocurre en “La cultura o el arte”, por ejemplo, donde la gestación de un cuento es al mismo tiempo reflexión sobre la constante tensión que existe entre la representación artística y los modelos ideológico-culturales imperantes en cada época.

Literatura como forma de conocimiento, tal vez en eso estriba uno de los mayores logros que tiene La fe, título sugestivo y apremiante. Acaso el libro no sea otra cosa que ese conjunto de verdades que se creen y con las cuales Mariana Docampo arma su universo narrativo de singular originalidad, ya sea planteando el tema de la locura y el miedo a la muerte en el seno de una familia, como lo hace en el relato “La raíz”, uno de los más logrados del libro, o el relato titulado “La pileta”, en el que narra de manera notable la historia de una familia que termina construyendo una pileta por culpa de un modelo de riego tomado de un manual escolar de Ciencias Sociales en el que aparecía el mapa de la ciudad azteca, desbaratando así el orden natural de las cosas. No hay un tema imperante en estos nueve relatos que componen La fe porque lo real, o acaso eso que llamamos realidad, no lo tiene.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Primera reseña de La Fe - Las 12 - Viernes 9 de Diciembre 2011

La fisura por la que caí
Por Paula Jiménez para Las 12, Página 12,
Viernes 9 de Diciembre 2011



“Para comprender mi cuento es necesario desordenar el pensamiento, buscar nuevas coordenadas para unir las palabras. Destruir el argumento. Ir hacia el foco, que irradia y absorbe. Mi cuento surge de la intuición como un hijo o una hoja de un árbol. O el bicho canasta que camina por la rama”, dice Docampo casi al terminar el libro. Pero a esa altura ya lo sabemos, hemos leído casi todos los cuentos y hemos entendido que La fe nos propone una novedosa construcción narrativa, una apuesta formal que experimenta con las derivas del lenguaje y hasta inventa, por momentos, una suerte de escritura del futuro. Aunque en verdad, ningún tema de los aquí desarrollados es futurista, más bien, diría, la autora encarna hasta el tuétano el espíritu de la época que nos toca vivir, extremándolo. De la New Age a las identidades queer o a la posmodernidad, en La fe desfilan y se profundizan los tópicos más paradigmáticos de la era actual, esas realidades que no es que ocurrirán, sino que ocurren. Lo que genera la ilusión de futuro es, precisamente, la mirada potenciadora con que Docampo enfoca estos centros temáticos de nuestra cultura, una cultura construida sobre sistemas: de gobierno, tecnológicos, de organización familiar, de riego, etc. Y el mayor, el más abarcador de todos estos sistemas, el lenguaje, es el que les da marco a los demás, es el que ordena (o desordena) la percepción humana: “La realidad que vivimos es una de las muchas que se dan paralelamente. Yo trazo en mi vida una línea delgada y mentirosa en mi existencia múltiple. Lo que me rodea: la mesa, la computadora, es materia. Lo que conecta una y otra y a mí en este engranaje es la palabra, el discurso, ya puesto a funcionar”. Ya puesto a funcionar, sí, es esa autonomía del lenguaje, de la cultura o del suceder natural lo que por momentos aterroriza en este libro. Esto “puesto a funcionar” puede ser la naturaleza que con su fuerza implacable es capaz de llenar un jardín de insectos, de inundarlo, de matar, o también puedo serlo una acción mecánica, una maquinaria cultural que crece y crece tragándose toda particularidad individual, como en La fe, el cuento que da título al libro, o en El arte y la cultura, donde el mapa de vastísimos conocimientos va disolviendo al sujeto humano que lo expone. En el magistral relato La raíz, primero es el lenguaje el que señala la existencia de la locura: “La hermana del medio estaba loca”, dice en la oración inicial, pero después es la palabra la que va tomando las características del delirio y a partir de un determinado momento sorprende darse cuenta de que no es el argumento el que se desquicia, sino el lenguaje mismo. El lenguaje, pareciera decir la autora de este libro, es la sustancia de cualquier historia y el modo en que se opera con él es el modo en que esa historia sucede. En “El amor”, uno de los más bellos relatos de La fe, el argumento se expresa a través de una suerte de discurso erotizado que se acerca a la escena parcialmente, tocándola y retirándose, y trata a la puntuación y a la gramática con especial delicadeza. Con frases cortas e intensas, Docampo dice cosas así: “El abrazo. Y a partir de entonces los tres días de amor. Cuatro días más. Tal vez otro día. Lo que pasó antes y lo que pasó después fue la preparación. El amor, la fisura por la que caí”. De este tipo de afirmaciones está hecho también este libro en el que su autora redobla la apuesta formal de solidez y originalidad que comenzó con El molino, la novela anterior. La fe suscita en el lector una variedad de emociones que van desde la identificación con lo amoroso y pasional hasta el terror o el humor; la cuestión humana está puesta en primer plano, aunque todo el tiempo aparezca cercada por los límites culturales. Las aristas que el lenguaje busca ponerle a la percepción para condicionarla demuestran que éste es un sistema que falla y que, por el contrario, hay algo divino e inatrapable que no nombrará jamás. Entonces, la fe despierta.